Antes muerto que cool. El proceso como identidad generacional.
Sandra Valdés Valdés.
Este artículo lo escribí para el prólogo del libro “Jóvenes Arquitectos de Jalisco”.
Decía Kurt Cobain “no me digas lo que quiero escuchar, con temor a que nunca sienta miedo”. Nuestra generación se caracteriza por ser montessori, no nos gusta que nos digan que hacer, nos gusta aprender de las caídas. Cuando preguntábamos la diferencia entre la izquierda y la derecha, nos respondían: la que tú creas que es mejor. Nuestros papás pertenecieron a la generación del 68, nuestras fotos de infancia son la versión original de lo que ahora llaman “instagram”, de niños nos enajenamos con el nintendo y en nuestra adolescencia adoramos el Grunge y gracias a esto nos llamaron generación X, y ahora nos reclaman tener síndrome de Peter-Pan. Pero de todas las etiquetas que pueda tener nuestra generación, hay una que ha definido y marcado el rumbo de nuestra carrera profesional: La crisis. Y esta sí que ha ayudado a que tengamos unos cuantos raspones por las caídas.
Entré a estudiar arquitectura un año después de la crisis del 94, durante la carrera no tuve clase de construcción en obra, en mi época nunca se escuchó el pretexto “es que trabajo” para eludir las entregas, y los que trabajamos en algún despacho local fue sin goce sueldo. Para cuando nos graduamos, muchos de nosotros decidimos estudiar en el extranjero, teníamos la imperiosa necesidad de especializarnos, algunos nos llaman la generación Barcelona por esto. La crisis nos enseñó que teníamos que estar muy bien preparados y a falta de oportunidades locales, decidimos salir. Esto imprimió una identidad más global a nuestra generación, pero al mismo tiempo un fuerte reconocimiento de lo local, ya que al vivir fuera, valoras lo que no tienes.
En 2001 nos tocó la crisis del 11-S, muchos proyectos se detuvieron o se pusieron en pausa. Cuando volví de Barcelona en 2006, preguntaba a mis alumnos si les interesaba especializarse en el extranjero, y la mayoría respondía no, porque desde su perspectiva tenían mucho trabajo.
En aquella época empezaba en Guadalajara una época de “confort profesional”, resultado de los años de bonanza, cuando surge la crisis del 2008. El hablar de la crisis como estigma generacional, más que una queja, es un reconocimiento. Es como el golpe de las olas contra las rocas, que nos ha obligado a buscar nuevas salidas, nuevas formas de ejercer la profesión, y algo que es muy importante, crea un parte aguas entre generaciones.
Esta generación de arquitectos posiblemente sea una de las mejor preparadas en la historia de la ciudad. El amplio bagaje que ha conformado la especialización, está transformando a la práctica de la arquitectura en una interdisciplina. Entendemos que los despachos ya no son únicamente una dirección postal, sino también residen en la web.
La identidad se conforma desde una red de profesionistas o un colectivo. Nos hemos visto obligados a entender que la plataforma física y económica que generaba la figura individual del arquitecto, entró en crisis el siglo pasado y como diría Woody Allen, “quedó fuera de foco”.
Si nos vamos al origen del problema, ¿qué es lo que cambió? Cambió el proceso. Para explicarlo mejor imaginemos que dos personas quieren ir de viaje a Europa desde Guadalajara, una se sube a un avión y llega directo a Europa, si le preguntamos qué tal el viaje, probablemente responda, hubo una pequeña turbulencia y la cena me calló pesada. La otra persona se sube a su bicicleta y después de varios días de pedalear llega a Veracruz, donde se embarca a Nueva York, para transbordar a un barco que lo deja en la Isla de Madeira y luego de algunas semanas de viaje llega a Europa. Podemos imaginarnos la respuesta de esta segunda persona cuando le preguntamos ¿qué tal tu viaje? , no es sólo sobre nubes y aeromozas.
Desde esta perspectiva podríamos plantear una secuencia de temas que caracterizan la arquitectura en Guadalajara. Primero, se ha valorado a partir de resultados finales sin importar el proceso, segundo, hemos construido la ciudad subidos al coche, sin importarnos el trayecto entre un punto y otro, abandonando el valor de la calle y favoreciendo y premiando la arquitectura aislada entre espacios privados, esa arquitectura que no va a generar un imaginario colectivo, ni ciudad, la arquitectura de coto.
Por esto nuestra generación ha entendido que la arquitectura no es una disciplina aislada. Y es allí cuando el proceso cobra relevancia, donde el resultado final vale por el camino recorrido. Es precisamente esa una de las características o identidades de nuestra generación; al obligarnos a buscar nuevos rumbos para la arquitectura, hemos redefinido una nueva forma de sacarle provecho a la crisis y avanzar entendiendo la importancia del proceso, la interdisciplina y el trabajo en colectivo… Por esto quiero cerrar con otra frase de Kurt Cobain que define a nuestra generación y que podría encaminar los procesos para las generaciones siguientes: “Antes muerto que cool”, el arquitecto en solitario está fuera de foco.

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